martes, 26 de noviembre de 2013

liberada de los espejismos

Cuando miras el pasado con realismo, sin ilusiones, o idealismos, te das cuenta que todo tuvo sentido. No eres víctima, o el victimario, fueron las circunstancias de la vida, el galope de los actos, el destino que se hizo poema en la ingravidez de la incertidumbre..
El bien y el mal se tornan relativos, por que todo trae una consecuencia positiva y negativa al mismo tiempo.
Soy infinitamente feliz, liberada de los espejismos, y los ídolos de barro. Disfruto de la pluma solitaria que se eleva por las palabras del viento frio, como si la muerte jugara a ser niña soplando con su aliento el alma de paloma rendida.

domingo, 6 de octubre de 2013

Pandemonio

Me gustaba más cuando, de buenas a primeras, mandábamos todo al carajo y tomábamos un taxi al Jorge Chávez a la menor contrariedad. Las responsabilidades, los jefes, las familias, las deudas, la leche o la pensión, la gripe aviar o la porcina, todo al carajo. Llegábamos al mostrador de la aerolínea con lo que llevábamos puesto y comprábamos dos tickets con rumbo a cualquier lugar, qué importaba, a cualquier destino para el que hubiera asiento disponible. Nunca viajé tanto como contigo, nunca sentí esa urgencia de tener siempre saldo suficiente en la tarjeta, el tanque de gasolina y el de oxígeno siempre llenos, las visas vigentes, múltiples e indefinidas para todos los países que cupieran en los planes. Nunca leí tanto como en tus días, nunca escribí tanto. Leíamos los mismos libros al mismo tiempo, recitándolos, subrayándolos, compartiéndolos o arranchándonoslos como animales hambrientos. Rapeábamos, sentados frente al fuego, las letras de los cánticos de misa como si fueran un conjuro demoníaco: tú has venido a la orilla/_no has buscado ni a sabios ni a ricos_ / tan solo quieres que yo te siga. O también, por qué no, las de los valses criollos, a grito pelado: para que sepan todos / que tú me perteneces / con sangre de mis venas /_te marcaré la frente_. Nunca bailé tanto, canción tras canción tras canción, como un aborigen enloquecido, empañando todos los espejos, tropezando con todo y con todos, aullando, gruñendo, maullando, ronroneando, bañado en sudor propio y ajeno. Canción tras canción tras canción. Nunca me reí tanto como contigo, conchetumadre. Las cojudeces más pequeñas desencadenaban las más grandes carcajadas. Y ni siquiera fumábamos. Vivíamos a grandes sorbos, como quien se come un helado que se derrite en el verano, como si alguien nos estuviera persiguiendo, como si la batería se nos fuera a terminar, con una desesperación lujuriosa y vulgar, con la intensidad de dos enfermos terminales. Nunca he vivido tanto y nunca he escrito tanto, en consecuencia. He escrito sobre desastres naturales y tragedias íntimas, sobre epidemias, fiebres y modas, sobre estados de ánimo y fraudes electorales. Sobre parientes muy cercanos y civilizaciones muy lejanas. Sobre congresistas y descuartizadores, fletes, poetas y copetineras, Pero sobre nadie he escrito más que sobre ti.
Me gustaba más cuando hablábamos hasta quedarnos dormidos. Cuando la última conversación del día ingresaba en esa fase morosa en que las frases soñolientas comienzan a hacerse balbuceantes, esporádicas, absurdas. Esa dulce modorra en la que, a una pregunta cualquiera –¿_ya te dormiste_?– sigue el silencio y después, el sereno, monótono ritmo de tu respiración y luego, de pronto, alguna oración sobresaltada e idiota –¡_El barco se va sin nosotros_!– procedente de la ignota región de lo no soñado, de aquello que estábamos a punto de soñar. ¿Estaremos aún a tiempo de sentarnos a elaborar un detallado inventario de sueños pendientes? Cambiaría un año entero de madurez profesional por una sola de esas noches frías en que nos acurrucábamos como dos vagabundos a la intemperie, nos estrechábamos tanto que hasta los brazos se dormían de tanto abrazar, hasta que todo se dormía. Too late, baby. El barco se fue sin nosotros. Guarecido debajo de ti he dormido la mayor cantidad de noches de mi vida, mi traicionera aritmética esta vez no falla: sobre nadie he soñado más que sobre ti.
Me gustaba más cuando yo vivía tan lejos y tú me extrañabas y llamabas de larga distancia todas las noches. No sé si te gastabas el sueldo en tarjetas telefónicas o si me marcabas de memoria mi número interminable desde la perfecta intimidad de un locutorio, desde tu hermética cabina de acrílico y triplay. Era como si la distancia desdibujara mi identidad, mis facciones, mi ansiedad, mi olor, mi sexo para que –imaginariamente en mis brazos– pudieras sentirte perfectamente a salvo. Si vivía alguna aventura en un vagón del subway era solo para poder contártela más tarde. Si veía alguna película en el cine era solo para conminarte, entusiasmado, a que la vieras. Si, por la tarde, tomaba un café era, en realidad, para poder detallarte si había sido, grande o venti, latte, frappé o caramel macciato. La imposibilidad de verse era la manera ideal de estar tan cerca. Hablarte al oído por horas y horas se convertía entonces en una necesidad biológica, glandular, cardíaca, visceral. Vivir esperando la hora de emocionarnos como niños desglosando las escenas del guión del film que escribiríamos juntos mañana, discutiendo los diálogos, el casting, los movimientos de cámara, el soundtrack ideal, el afiche de la ópera prima, de la obra maestra, de la opus magna que nunca filmaremos. Una sensible pérdida para el arte, ciertamente, porque junto a nadie voy a brillar más que junto a ti.
Lástima que esta idea no se me ocurriera antes: me hubiera gustado morirme confiado en que, a la mañana siguiente, resucitaría en esa espléndida alegría que irradiabas en mis días. En aquellos días –ya remotos y extintos– en que toda la pasión, el amor, los sueños, la risa, la rabia y la melancolía no se habían reducido aún a escribirnos un maldito mensaje de texto al celular, una vez a la semana.

Beto Ortiz

martes, 23 de julio de 2013

Elogio a la mujer Brava Por Hector Abad



Estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas.

A los hombres machistas, que somos como el 96 por ciento de la población masculina, nos molestan las mujeres de carácter áspero, duro, decidido. Tenemos palabras denigrantes para designarlas: arpías, brujas, viejas, traumadas, solteronas, amargadas, marimachas, etc. En realidad, les tenemos miedo y no vemos la hora de hacerles pagar muy caro su desafío al poder masculino que hasta hace poco habíamos detentado sin cuestionamientos. A esos machistas incorregibles que somos, machistas ancestrales por cultura y por herencia, nos molestan instintivamente esas fieras que en vez de someterse a nuestra voluntad, atacan y se defienden.

La hembra con la que soñamos, un sueño moldeado por siglos de prepotencia y por genes de bestias (todavía infrahumanos), consiste en una pareja joven y mansa, dulce y sumisa, siempre con una sonrisa de condescendencia en la boca. Una mujer bonita que no discuta, que sea simpática y diga frases amables, que jamás reclame, que abra la boca solamente para ser correcta, elogiar nuestros actos y celebrarnos bobadas. Que use las manos para la caricia, para tener la casa impecable, hacer buenos platos, servir bien los tragos y acomodar las flores en floreros. Este ideal, que las revistas de moda nos confirman, puede identificarse con una especie de modelito de las que salen por televisión, al final de los noticieros, siempre a un milímetro de quedar en bola, con curvas increíbles (te mandan besos y abrazos, aunque no te conozcan), siempre a tu entera disposición, en apariencia como si nos dijeran “no más usted me avisa y yo le abro las piernas”, siempre como dispuestas a un vertiginoso desahogo de líquidos seminales, entre gritos ridículos del hombre (no de ellas, que requieren más tiempo y se quedan a medias).

A los machistas jóvenes y viejos nos ponen en jaque estas nuevas mujeres, las mujeres de verdad, las que no se someten y protestan y por eso seguimos soñando, más bien, con jovencitas perfectas que lo den fácil y no pongan problema. Porque estas mujeres nuevas exigen, piden, dan, se meten, regañan, contradicen, hablan y sólo se desnudan si les da la gana. Estas mujeres nuevas no se dejan dar órdenes, ni podemos dejarlas plantadas, o tiradas, o arrinconadas, en silencio y de ser posible en roles subordinados y en puestos subalternos. Las mujeres nuevas estudian más, saben más, tienen más disciplina, más iniciativa y quizá por eso mismo les queda más difícil conseguir pareja, pues todos los machistas les tememos.

Pero estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas. Ni siquiera tenemos que mantenerlas, pues ellas no lo permitirían porque saben que ese fue siempre el origen de nuestro dominio. Ellas ya no se dejan mantener, que es otra manera de comprarlas, porque saben que ahí -y en la fuerza bruta- ha radicado el poder de nosotros los machos durante milenios. Si las llegamos a conocer, si logramos soportar que nos corrijan, que nos refuten las ideas, nos señalen los errores que no queremos ver y nos desinflen la vanidad a punta de alfileres, nos daremos cuenta de que esa nueva paridad es agradable, porque vuelve posible una relación entre iguales, en la que nadie manda ni es mandado. Como trabajan tanto como nosotros (o más) entonces ellas también se declaran hartas por la noche y de mal humor, y lo más grave, sin ganas de cocinar. Al principio nos dará rabia, ya no las veremos tan buenas y abnegadas como nuestras santas madres, pero son mejores, precisamente porque son menos santas (las santas santifican) y tienen todo el derecho de no serlo.

Envejecen, como nosotros, y ya no tienen piel ni senos de veinteañeras (mirémonos el pecho también nosotros y los pies, las mejillas, los poquísimos pelos), las hormonas les dan ciclos de euforia y mal genio, pero son sabias para vivir y para amar y si alguna vez en la vida se necesita un consejo sensato (se necesita siempre, a diario), o una estrategia útil en el trabajo, o una maniobra acertada para ser más felices, ellas te lo darán, no las peladitas de piel y tetas perfectas, aunque estas sean la delicia con la que soñamos, un sueño que cuando se realiza ya ni sabemos qué hacer con todo eso.

Los varones machistas, somos animalitos todavía y es inútil pedir que dejemos de mirar a las muchachitas perfectas.. Los ojos se nos van tras ellas, tras las curvas, porque llevamos por dentro un programa tozudo que hacia allá nos impulsa, como autómatas. Pero si logramos usar también esa herencia reciente, el córtex cerebral, si somos más sensatos y racionales, si nos volvemos más humanos y menos primitivos, nos daremos cuenta de que esas mujeres nuevas, esas mujeres bravas que exigen, trabajan, producen, joden y protestan, son las más desafiantes y por eso mismo las más estimulantes, las más entretenidas, las únicas con quienes se puede establecer una relación duradera, porque está basada en algo más que en abracitos y besos, o en coitos precipitados seguidos de tristeza. Esas mujeres nos dan ideas, amistad, pasiones y curiosidad por lo que vale la pena, sed de vida larga y de conocimiento.

¡Vamos hombres, por esas mujeres bravas!
Escritor y periodista colombiano (Medellín, 1958), ganó el primer premio Casa de América en España en 2000, y en China el premio a la mejor novela extranjera en 2005.

sábado, 22 de junio de 2013

La calle de la amargura

aqui en la calle de la amargura hago un recuento de los dañoss.....
son incalculables e irreparables hay demasiada destruccion
lagrimas que no consiguen apagar el fuego que hay en mi
donde habian ilusiones puertas x doquier solo quedan ruinas de mi
del firme impacto de tus manos, no sobrevivio mi precaucion
en el recuerdo de los daños me sales debiendo tantisimo amor
en el recuento de los daños, entre los desaparecidos mi resitencia y
mi voluntad y hay algo mutilado que he pensado que quizas sea mi dignidad
no yo no puedo reponerme de tu forma tan cruel de abrazarme si
sabias que no ibas a amarme que ganabas? con besarme

viernes, 24 de mayo de 2013

el tren de la vida

La vida es como un viaje en un tren, con sus estaciones, sus cambios de vías, sus accidentes! Al nacer nos subimos al tren y nos encontramos con nuestros padres, y creemos que siempre viajarán a nuestro lado, pero en alguna estación ellos se bajarán dejándonos en el viaje solos.. De la misma forma se subirán otras personas, serán significativas: nuestros hermanos, amigos, hijos y hasta el amor de nuestra vida. Muchos bajarán y dejarán un vacío permanente.. Otros pasan tan desapercibidos que ni nos damos cuenta que desocuparon sus asientos! Este viaje estará lleno de alegrías, tristezas, fantasías, esperas y despedidas.... El éxito consiste en tener una buena relación con todos los pasajeros, en dar lo mejor de nosotros... El gran misterio para todos, es que no sabemos en que estación nos bajaremos, por eso, debemos vivir de la mejor manera, amar, perdonar, ofrecer lo mejor de nosotros... Así, cuando llegue el momento de desembarcar y quede nuestro asiento vacío, dejemos bonitos recuerdos a los que continúan viajando en el tren de la vida!

No busques trabajo

No busques trabajo. Así te lo digo. No gastes ni tu tiempo ni tu dinero, de verdad que no vale la pena. Tal como está el patio, con uno de cada dos jóvenes y casi uno de cada tres adultos en edad de dejar de trabajar, lo de buscar trabajo ya es una patraña, un cachondeo, una mentira y una estúpida forma de justificar la ineptitud de nuestros políticos, la bajada de pantalones eurocomunitaria y lo poco que les importas a los que realmente mandan, que por si aún no lo habías notado, son los que hablan en alemán.

No busques trabajo. Te lo digo en serio. Si tienes más de 30 años, has sido dado por perdido. Aunque te llames Diego Martínez Santos y seas el mejor físico de partículas de Europa. Da igual. Aquí eres un pringao demasiado caro de mantener. Dónde vas pidiendo nada. Si ahí afuera tengo a 20 mucho más jóvenes que no me pedirán más que una oportunidad, eufemismo de trabajar gratis. Anda, apártate que me tapas el sol.

Y si tienes menos de 30 años, tú sí puedes fardar de algo. Por fin la generación de tu país duplica al resto de la Unión Europea en algo, aunque ese algo sea la tasa de desempleo. Eh, pero no te preocupes, que como dijo el maestro, los récords están ahí para ser batidos. Tú sigue esperando que los políticos te echen un cable, pon a prueba tu paciencia mariana y vas a ver qué bien te va.

Por eso me atrevo a darte un consejo que no me has pedido: tengas la edad que tengas, no busques trabajo. Buscar no es ni de lejos el verbo adecuado. Porque lo único que te arriesgas es a no encontrar. Y a frustrarte. Y a desesperarte. Y a creerte que es por tu culpa. Y a volverte a hundir.

No utilices el verbo buscar.

Utiliza el verbo crear. Utiliza el verbo reinventar. Utiliza el verbo fabricar. Utiliza el verbo reciclar. Son más difíciles, sí, pero lo mismo ocurre con todo lo que se hace real. Que se complica.

Da igual que te vistas de autónomo, de empresario o de empleado. Por si aún no lo has notado, ha llegado el momento de las empresas de uno. Tú eres tu director general, tu presidente, tu director de marketing y tu recepcionista. La única empresa de la que no te podrán despedir jamás. Y tu departamento de I+D (eso que tienes sobre los hombros) hace tiempo que tiene sobre la mesa el encargo más difícil de todos los tiempos desde que el hombre es hombre: diseñar tu propia vida.

Suena jodido. Porque lo es. Pero corrígeme si la alternativa te está pagando las facturas.

Trabajo no es un buen sustantivo tampoco. Porque es mentira que no exista. Trabajo hay. Lo que pasa es que ahora se reparte entre menos gente, que en muchos casos se ve obligada a hacer más de lo que humanamente puede. Lo llaman productividad. Otra patraña, tan manipulable como todos los índices. Pero en fin.

Mejor búscate entre tus habilidades. Mejor busca qué sabes hacer. Qué se te da bien. Todos tenemos alguna habilidad que nos hace especiales. Alguna singularidad. Alguna rareza. Lo difícil no es tenerla, lo difícil es encontrarla, identificarla a tiempo. Y entre esas rarezas, pregúntate cuáles podrían estar recompensadas. Si no es aquí, fuera. Si no es en tu sector, en cualquier otro. Por cierto, qué es un sector hoy en día.

No busques trabajo. Mejor busca un mercado. O dicho de otra forma, una necesidad insatisfecha en un grupo de gente dispuesta a gastar, sea en la moneda que sea. Aprende a hablar en su idioma. Y no me refiero sólo a la lengua vehicular, que también.

No busques trabajo. Mejor busca a un ingenuo, o primer cliente. Reduce sus miedos, ofrécele una prueba gratis, sin compromiso, y prométele que le devolverás el dinero si no queda satisfecho. Y por el camino, gánate su confianza, convéncele de que te necesita aunque él todavía no se haya dado cuenta. No pares hasta obtener un sí. Vendrá acompañado de algún pero, tú tranquilo que los peros siempre caducan y acaban cayéndose por el camino.

Y a continuación, déjate la piel por que quede encantado de haberte conocido. No escatimes esfuerzos, convierte su felicidad en tu obsesión. Hazle creer que eres imprescindible. En realidad nada ni nadie lo es, pero todos pagamos cada día por productos y servicios que nos han convencido de lo contrario.

Por último, no busques trabajo. Busca una vida de la que no quieras retirarte jamás. Y un día día en el que nunca dejes de aprender. Intenta no venderte y estarás mucho más cerca de que alguien te compre de vez en cuando. Ah, y olvídate de la estabilidad, eso es cosa del siglo pasado. Intenta gastar menos de lo que tienes. Y sobre todo y ante todo, jamás te hipoteques, piensa que si alquilas no estarás tirando el dinero, sino comprando tu libertad.

Hasta aquí la mejor ayuda que se me ocurre, lo más útil que te puedo decir, te llames David Belzunce, Enzo Vizcaíno, Sislena Caparrosa o Julio Mejide. Ya, ya sé que tampoco te he solucionado nada. Aunque si esperabas soluciones y que encima esas soluciones viniesen de mí, tu problema es aún mayor de lo que me pensaba.

No busques trabajo. Sólo así, quizás, algún día, el trabajo te encuentre a ti.

Risto Mejide

jueves, 23 de mayo de 2013

demasiado tarde

Ella ya no te escribe tanto. Ya no te llama más. Cuando te escribe, ya no te dice las cosas bonitas que te decía antes. Se tarda en contestar y hasta es cortante. Cuando lo único que buscas es discutir con ella, se puede decir que realmente... no le importa, nada. Ella te hace sentir patético. Otros chicos le publican cosas en su muro y ella responde super linda, como solía contestarte a ti.
Empieza a salir adelante, a salir, a reír, a divertirse, a hablar y a coquetear con otros. Y ahora estas dándote cuenta de lo hermosa que ella es, ella es increíble ¿No? .Bueno pues lástima que sea demasiado tarde, porque ya la perdiste, por idiota. Hubo un tiempo en el que eras su mundo, su todo, la razón de su sonrisa.
Ella te quería, le importabas, hubiera dado todo por ti, pero tu la alejaste poco a poco con tus tonterías, con tus indiferencias. No te diste cuenta que ella era diferente al resto, ella no tuvo miedo de alejarse. Ella fue lo suficientemente fuerte como para dejarte ir ¿Y ahora de repente la amas? ¿Sabes cuanto dolor le causaste? ¿Tienes idea de todas las noches que no pudo dormir por pensar en ti? No, no la tienes. Así que no vengas con tu "Te extraño", porque la niña que lo hubiera dejado todo, por verte sonreír, la niña que estaba enamorada de ti, sin importar nada ni nadie, se ha ido, la perdiste para siempre. No la quieras recuperar con excusas, con pretextos, con palabras absurdas. Después de haberla lastimado tanto, lo mínimo que puedes hacer es dejar que sea feliz y hacerte a un lado